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Hoy, 27 de enero de 2020, se cumplen setenta y cinco años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, símbolo por antonomasia del Holocausto, fábrica racionalizada de muerte en la que se procedió al aniquilamiento sistemático de millones de personas.

La humanidad puesta en jaque. Deshumanización de víctimas convertidas en cuerpos y mercancías, a las que se les negaba su condición humana para legitimar el genocidio. Deshumanización también de los autores necesarios, aquellos hombres grises del magnífico estudio de Christopher Browning.

Pero, por duros que fueran los golpes, no se arrebató a las víctimas su humanidad. Esa solo la perdieron los verdugos y los colaboradores necesarios.

El camino para llegar hasta allí fue largo y comenzó con pasos discretos entremezclados en la cotidianidad. No hubo un gran mazazo brusco, sino pequeños toques, suaves, desapercibidos, que fueron transformando gradualmente la vida hasta llegar a un punto de no retorno. Un magnífico relato de esa cotidianidad resquebrajada vivida desde la experiencia de una judía alemana lo ofrecía Hertha Nathorff que, en su Diario de una alemana, reconstruía esa suave y gradual transformación de una vida completamente normal y muy parecida a la de cualquiera de nosotros en el más espantoso mundo del revés, en el que muerte, sangre y terror pasaron a ser parte de lo ordinario.

Su relato se suma a los de muchos otros hombres y mujeres que decidieron documentar sus vidas, para denunciar, como señala el profesor Casanova, «la traición y cobardía de algunas de sus patrias y ciudadanías», pero también para dar testimonio de la humanidad que vence.

En los últimos años, he tenido la suerte de traducir algunos de esos testimonios y próximamente verán la luz algunos de ellos. Sumo también las voces de los que estaban al otro lado, alemanes que no participaron pero tampoco resistieron de manera abierta y que se preguntan, con la distancia que da el tiempo, por su labor y la de la sociedad de la que forman parte.

Hay que conocer la historia y reflexionar sobre ella. Hay que recuperar y cuidar los testimonios de los que estuvieron en un mundo que se parecía mucho al nuestro y que confiaban como nosotros en la civilización, que jamás pensaban que tales horrores fueran posibles ya para el hombre. Setenta y cinco años después de la liberación de Auschwitz-Birkenau, cuando hemos perdido la obsesión por el fin del mundo que padecieron generaciones pasadas, las marcadas por el terror, hay que seguir renovando el grito de «Nie wieder!».