Andreas Viestad
Una cena en Roma
La historia del mundo en un menú
Traducción del inglés y noruego
En su exquisita Una cena en Roma, Andreas Viestad combina el arte gastronómico con la historia, la filosofía y la vida cotidiana de la Ciudad Eterna y de la humanidad a través de ella.
De la obra y EL AUTOR
Andreas Viestad nos invita a un viaje a través de los sabores y la en esta experiencia que trasciende la mera cocina para sumergirnos en la esencia misma de la ciudad y su cultura.
Viestad entrelaza anécdotas personales, reflexiones filosóficas y ricas descripciones de platos que despiertan los sentidos, revelando cómo la comida puede servir de puente entre el pasado y el presente.
Esta traducción permite que los lectores de habla hispana saboreen cada palabra y cada emoción, convirtiendo la lectura en un festín para la mente y el alma que nos recuerda que cada bocado cuenta una historia.
Una cena en Roma es mucho más que una guía culinaria; es un viaje por el corazón y el alma de Roma. Cada capítulo nos invita a explorar un ingrediente o plato emblemático de la ciudad, revelando sus raíces históricas, sus conexiones culturales y su papel en las mesas romanas. Desde la pasta cacio e pepe hasta los placeres de un buen vino, Viestad nos muestra que cada bocado tiene una historia que contar.
Fragmento
Puede que La Carbonara sea el mejor restaurante de Roma. Aunque siempre está lleno, el ritmo es frenético y no para de entrar y salir gente –su ubicación es difícil de superar, simple y llanamente–, siempre termino aquí después de un largo día recorriendo ruinas, palacios y museos por las calles adoquinadas de la Ciudad Eterna. El restaurante se encuentra en el lado norte de Campo de’ Fiori, una concurrida plaza en pleno corazón histórico de Roma.
A primera hora de la mañana, llegan las camionetas y los motocarros de los verduleros, cargados hasta la bandera. Después hacen su aparición los floristas y los dueños de los puestos para turistas donde venden embutidos, aceite de trufa y pasta en forma de letras. La plaza está tomada todo el día por una multitud en la que se confunden romanos y turistas. Ahora que cae la tarde, comienzan a llenarse los bares que la bordean. Mientras, los vendedores empiezan a recoger y dejarán el lugar sembrado de claveles rotos y hojas de coliflor pisoteadas. Entre los puestos se mueve con torpeza una pequeña barredora mecánica, que no hace mucho más que una simple escoba.
James Joyce escribió con cierto desdén que Roma era como «un hombre que viviera de exhibir el cadáver de su abuela a los viajeros». Es comprensible. Aquí hay historia por todas partes. Te puedes sentar en los mismos escalones de mármol que los emperadores, caminar sobre losas por las que corrió la sangre de gladiadores y santos, visitar monumentos a la locura y la creatividad humanas, y contemplar lugares que han sido cruciales en el recorrido de la civilización occidental.
La primera vez que estuve en Roma, paseé deslumbrado todo el tiempo. Si tenía que atravesar la ciudad para ver un monumento, tropezaba con otros más de camino. Era fascinante, pero también agotador.
Las cosas no mejoraron precisamente cuando me casé con una arqueóloga. No hay lugar como Roma si te dedicas a estudiar los restos mortales y los vestigios, ya no de las abuelas de la gente, sino de sus trastara-trastatara-trastatarabuelas. Al ver la ciudad a través de los ojos de mi esposa, aprendí a escuchar la historia de la que hablan los edificios y las ruinas. Cuando sigo su guía, puede que nos detengamos ante un adoquín, un desnivel o los restos de un antiguo pilar emboscado en una casa muy posterior. Ella me ha enseñado que Roma se ha construido sobre cimientos y con materiales de todas sus vidas pasadas, y que incluso los edificios destartalados y las ruinas tienen dignidad propia.
