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Christa Winsloe

Muchachas de uniforme

Traducción del alemán

Publicada en 1933, la novela habla de la conformación de lo individual en un descubrimiento de la vida y de su emocionario; que se hace sin guía, a través de una exploración  puramente intuitiva por parte de Manuela y cuyos límites externos están marcados por la autoridad. El viaje a través de la tensión entre una construcción del yo y de sus formas de expansión a través de la libertad, y la norma venida e impuesta desde el exterior, hasta el descubrimiento de una misma y de las formas de amar en libertad.

fragmento

–Señorita von Bernburg –soltó Manuela, buscando la mano de la mujer que se había inclinado hacia ella–. Yo… Tengo que preguntarle algo. Pienso en ello todas las noches… ¿Es feliz?
Elisabeth von Bernburg alzó la cabeza y, sin el menor signo de sorpresa, como si fuera la pregunta más natural del mundo, miró a Manuela a los ojos.
–Sí, pequeña –le respondió–. Os tengo a vosotras.
Tal vez debería haber dicho: «te tengo a ti», pero esa hija y nieta de militar, que no había aprendido otra cosa que a reprimir los sentimientos y a evitar cualquier arranque de emoción, esa muchacha educada en el temor a Dios por una madre puritana, esa joven que se había jurado a sí misma cumplir de forma justa e íntegra su deber hacia las niñas que le eran confiadas, jamás hubiera podido decir algo así. Ella solo podía pensar en «las niñas», no podía entregar su corazón a una sola de ellas. Y ahora, cuando al mirar a los ojos a esa niña le había sucedido justo eso, no se atrevió a pensar en otra cosa que en renuncia y en disciplina.

El cariño de esa niña, más puro que la simpatía y la adoración que tanto la conmovían de las demás muchachas, le ofrecía una felicidad inmerecida y que jamás había sentido. Manuela derramaba ese  amor en todos sus gestos y en cada palabra. Pero no hubiera sido Elisabeth von Bernburg si no se hubiera castigado a sí misma por sentirse así de feliz por esa niña y por corresponder a ese amor con toda la fuerza de su corazón.

* * *

Lela tenía el programa arrugado sobre la falda y lo estrujaba entre las manos. La Señorita von Helling estaba a su lado, vestida con su mejor traje, un vestido negro de tafetán. Sentada a su lado tenía una amiga y no dejaban de criticar la función. Lela volvió a alisar el programa. Sí, era el siguiente número: «Solo de violín – Fritz Lennartz». Al imaginar a Fritz completamente solo sobre el enorme escenario, con todas las miradas clavadas en él, le entró el pánico, como si fuera ella la que tuviera que subir ahí arriba, con su triste vestido y violín en mano, y todos empezaran a gritarle: «¡Toca de una vez! ¡Toca algo! ¡Toca ya!».

Mientras pensaba en esas cosas, iluminaron el telón y todo se quedó en silencio. El telón se fue abriendo y dejó ver un enorme piano de cola y, por delante de él, una silla. Fritz salió a escena con un violín bajo el brazo izquierdo. Se detuvo justo en el centro del escenario e hizo una reverencia. Ni sombra de miedo. Era como si no hubiera hecho otra cosa en la vida que ser observado y saludar.

Lela se tranquilizó al verlo. Ahí estaba. Dejó escapar un suspiro de alivio y Helling se dio cuenta. Su vecina y ella empezaron a observar a Lela. Ese día, Helling se había propuesto ejercer de madre, así que, con sus miradas, impediría que la muchacha pensara en tonterías.

Lela no se daba cuenta de nada. Ella solo tenía ojos para Fritz, que ahora avanzaba hacia donde estaba el piano, al que había sentada una mujer rubia que lo miraba con atención. En cuanto Lela vio esa nueva cara, se quedó petrificada. Mecánicamente, se echó hacia adelante para poder verla mejor. ¿Y eso? La mujer tenía la cara de Fritzen, aunque era más guapa, más dulce, más tierna… Sonreía al muchacho para darle ánimo y él le devolvió la sonrisa al tiempo que asintió levemente. Se entendían y Lela comprendió por qué Fritz no tenía miedo. Claro… Ella estaba ahí, con él, así que todo tenía que salir bien.

La mujer pasó la mano sobre la partitura y Fritz se volvió hacia el público, casi altivo, a la espera de que las dos manos blancas del piano terminaran el prólogo, que llenó la sala con sus notas. Entonces, se incorporó él con un movimiento tan enérgico que le despeinó. A partir de ese momento, las riendas fueron suyas y el piano se limitó a acompañarlo, por arriba, por abajo, esperándole, sugiriendo temas. Los dos, la mujer y Fritz, hacían los mismos movimientos de cabeza. Un mechón le caía a ella todo el rato sobre la frente, lo retiraba rápido para ver la partitura, pero enseguida volvía a estar ahí. Y lo mismo le pasaba a él cuando echaba la cabeza para atrás. Pero no tenían tiempo para preocuparse de esas cosas, había que seguir, arriba, adelante siempre adelante. Los cristales de las arañas se agitaban y chirriaban, y todo el mundo guardaba un completo silencio, como conteniendo el aliento.

Lela tenía la boca abierta de par en par y los ojos, clavados en el escenario. No se dio cuenta de que había agarrado el respaldo de la butaca de delante. Se le habían puesto las orejas rojas, estaba pálida por la tensión y tenía la boca seca y las manos, mojadas. Pero ¿qué era eso? Le dolía el estómago, un dolor espantoso, y al rato se le pasaba. Las dos personas del escenario eran una sola. Se habían fundido en una, eran una, querían lo mismo y sentían lo mismo, y no se las podía separar. Fritz se había derretido, ya no estaba ahí, solo era parte de otra cosa y su presencia no era como antes. Había conseguido llenar él toda la sala y estaba solo en el espacio. Pero lo hacía guiado, llevado por ella, y sin ella no habría podido estar él allí, ni tampoco la música. A veces había algo que los cautivaba a todos, que los palpaba y los sacudía, y se dejaba arrastrar y conmover con docilidad. Luego, algo diferente se reía de todos, para volver a amarlos y a acariciarlos y a calmarlos, como si cantaran juntos, Lela con ellos, fundida con todos, siendo parte de ellos. Sin ella, todo eso hubiera sido imposible, pero… ¿Qué era eso? Y entonces, terminó.

El público necesitó un momento para reponerse. Hubo un silencio. Fritz tuvo tiempo de dejar el violín sobre el piano y la mujer, de ponerse en pie. Solo entonces estalló el aplauso. Como si la gente tuviera la necesidad de gritar y de hacer ruido para no quedarse sin aire. La mujer se acercó con cariño a Fritz y lo cogió por el hombro. Fritz no se sintió cohibido por el gesto, la miró sonriente e hizo una reverencia al público. Lo obligaron a saludar varias veces, cogido de la mano de su madre. Seguían los gritos y los aplausos. Su madre… ¡Es la madre de Fritz!, pensó Lela.

Quiso acercarse al escenario, pero la Señorita von Helling la agarró por el brazo.

–Tú no te mueves de aquí.

Lela se dio la vuelta y vio una cara de enfado y de celos que no conocía.

–No vayas detrás de ningún chico. No es adecuado.

Lela sintió un escalofrío por dentro, dio media vuelta mecánicamente y se sentó en su sitio.

De pronto, volvieron a apagarse las luces y tuvieron que sentarse todos. Con el barullo, quedaron algunas sillas vacías al lado de Lela, junto al pasillo. Era el turno de la obra de Navidad. Lela seguía la actuación con la mirada, pero no conseguía enterarse de qué iba la historia. Salía gente, decían algo y volvían a desaparecer. Había niños y personas mayores. De vez en cuando, alguien tosía entre el público y otros comían chocolate. También echaron una silla para atrás, unos se pusieron a cuchichear y había quien no paraba de mirar el programa para ver cuál era el siguiente número.

Lela vio entonces a Fritz, que se acercaba lentamente por el pasillo, bien pegado a la pared. Se metió por la fila donde estaba ella, sin hacer ruido, y se sentó a su lado.

Lela no sabía qué había que decirle a alguien que acaba de tocar tan bien, así que lo miró cohibida. Él pareció darse cuenta de lo que le pasaba y le sonrió afablemente, como para tranquilizarla, y le cogió las manos como si quisiera decirle: «Vamos, que no soy tan malo».

Tenían que quedarse callados. Lela dejó las manos sobre las rodillas de Fritz, justo donde las había dejado él que, a su vez, puso las suyas por encima, como para protegerla.

–¿Qué te ha parecido mi madre? –le preguntó bajito al oído.

–Es mara… es maravillosa –dijo ella, sin mirarlo.

No podía añadir nada más o se hubiera echado a llorar. Hizo un esfuerzo para que desapareciera el nudo que le cerraba la garganta y parpadeó muy rápido para domar las lágrimas que le llenaban los ojos, siempre tan inoportunas. Tragó saliva como pudo y Fritz se le acercó al oído, tan cerca que sentía el roce de su cabello.

–Oye, luego te la presentaré. Quiere conocerte.

Al oírlo, Lela se mordió el labio, que se le puso rojo. Además, aunque había conseguido reprimir las lágrimas, le seguían brillando los ojos. Llevaba el pelo suelto, cayéndole sobre los hombros, y los brazos a la vista, flacos y desangelados. Cómo se avergonzaba de esos brazos. La madre de Fritz tenía unos brazos suaves y blancos, con unas manos preciosas. Más incluso que las de Fritz, que empezaban a hacerle daño. Eran demasiado huesudas. Seguro que las de su madre eran muy suaves y que te agarrarían con ternura. Para saberlo, bastaba ver cómo tocaba. Y sus pies eran diminutos. Fritz tenía los pies enormes…

El escenario se llenó de luz, más, más y más luz, como si fuera de día. Aparecieron unos ángeles cargando con una alta escalera que llegaba hasta el cielo, empezó a sonar el órgano y los innumerables ángeles cantaron un villancico.

–¡Ahora sale ella! –dijo Fritz.

No le hizo falta decir a quién se refería, porque sabía que Lela estaba pensando ya en su madre. En lo alto de la escalera apareció de pronto una figura resplandeciente. Brillaba de tal manera que al principio no se veía quién era. Empezó a sonar una melodía suave y una voz maravillosamente triunfal entonó la buena nueva anunciada por los ángeles. Llevaba una falda larga y plisada, una camisa entallada en tonos plateados, las mangas largas y un casco de plata. Solo llevaba a la vista el cuello, la melena rubia y un rostro aniñado. En sus ojos azules se reflejaban todas las luces de la sala.

Clara, firme y pura, la voz se fue adueñando de todos. Inspiraba una bondad y una alegría irresistibles… Te llevaban con ellas, hacia las alturas. Lela se agarró a la silla, como para protegerse. Fritz se había olvidado completamente de ella y solamente miraba hacia el escenario, cautivado, olvidado también de sí mismo. No había nadie tan hermoso como su madre… nadie.

–Paz sobre la Tierra y paz para los hombres de buena voluntad –se oyó proclamar desde lo alto. Los ángeles se unieron en coro, acompañados por las trompetas y la orquesta, convertidos todos en una sola voz–: ¡Paz para los hombres de buena voluntad!

Y cayó el telón.

Fritz saludó con una reverencia a la Señorita von Helling y a su amiga, la esposa del Profesor Metzner, y las condujo a las tres hasta una sala contigua. Se sentaron todos en una mesita y les ayudó a pedir té y pasteles. Una vez servidos, cogió a Lela de la mano y le dijo, como si tal cosa: «Ven, mamá nos está esperando». Todo estaba lleno de gente, que se agolpaba, y era casi imposible atravesar una puerta. Había puestos de venta para recaudar dinero para los niños pobres. Fritz no soltaba a Lela, que lo seguía. Casi no podían avanzar, tenían que estar parando todo el rato, porque no dejaban de felicitarle. «¡Muy bien, hijo!», le decía aquel caballero mientras le daba unas palmadas en la espalda o «Qué talento, qué talento…», añadía aquella otra dama. Lela se sentía orgullosa de Fritz, pero a él solo parecían estorbarlo. Lo que quería era seguir adelante, sin que nadie lo interrumpiera.

–Mamá está vendiendo flores –dijo.

Así que los dos se pusieron a buscar el puesto de flores entre el gentío. Eso es, ¡ahí! Pero no podía atenderlos, estaba rodeada de gente y muy atareada. Se colaron en el puesto y Lela se sentó como pudo encima de una caja. Ahí se sintió a salvo, contenta por haber salido del tumulto y por que la Señora Lennartz tuviera tanto que hacer que no pudiera fijarse en ella. Lela estaba rodeada por enormes pilas de flores. Sobre el mostrador, había ramos preparados: rosas de tres en tres, o claveles. Entonces, la Señora Lennartz tendió la mano hacia las flores y el alambre.

Como un acto reflejo, Lela le retiró la mano.

–No –dijo con firmeza–. Yo me encargo.

Sonrió al ver la energía de la muchacha y, sorprendida por la inesperada ayuda que le había ofrecido, se inclinó hacia ella, la agarró por la barbilla y le levantó la cabeza, que tenía agachada, para mirarla bien.

–Mamá, esta es Manuela von Meinhardis –dijo Fritz con timidez.

Lela se quedó mirando un momento aquellos ojos azules, contuvo la respiración y le devolvió la sonrisa.

–Es fantástico que quieras ayudar, pero no puedo aceptarlo. Seguro que estás deseando ir a dar una vuelta y divertirte.

Lela sacudió la cabeza con decisión.

–No, mamá. A Lela le gustaría quedarse. ¿Puedo ayudar yo también?

Lela se alegró al ver que ya no se discutía su presencia allí y se puso manos a la obra.

–Sí… Si no te importar ir a por cambio…

La Señora Lennartz le dio a Fritz un fajo de billetes y, cuando el chico estaba a punto de marcharse, le retiró un mechón de la frente. Desde ese instante, Lela no dejó de mover la cabeza para que le cayera también algún mechón sobre la cara, con la esperanza de que se lo recogiera a ella. Tiraba con fuerza del alambre oxidado, agarraba sin miramiento los tallos llenos de espinas de las rosas, metió tantas veces la mano en el agua helada, que casi no podía doblar los dedos, cortaba la rafia con los dientes y aspiraba profundamente el aroma amargo de las hojas verdes. Todo, sin atreverse a mirar ni una sola vez hacia donde estaba la Señora Lennartz, limitándose tan solo a escuchar su voz y su risa.

–Ahí tiene usted, Señora Metzner –le decía mientras tanto la Señorita von Helling a su compañera–. Ya ve usted cómo es la muchacha. No piensa más que en chicos. Es espantoso. ¿Y qué voy a hacerle yo? No puedo salir corriendo detrás de ella. El Fritz ese la está cortejando… Y ella ahí, tan contenta. Está enamorada hasta los huesos… ¡A su edad! Por favor, si solo tiene trece años. Ay Jesús, ¡si lo hubiera visto su madre! Suerte que no está aquí para ver cómo se ha espabilado su hija. –Helling soltó un hondo suspiro–. De verdad le digo que las paso negras. Me escriben sus tías para que no la pierda de vista, ¡que no la pierda de vista, me dicen! Pero si se va corriendo de casa como alma que lleva el diablo y nadie sabe adónde va. He intentado hablarlo seriamente con su padre, pero los hombres… En fin, ya sabe. Además, es clavadita a él, que no para de ir detrás de cualquier falda. No es de extrañar que la niña haya salido así. Aunque ahora lo he visto con mis propios ojos, claro, así que podré dejarle bien clarito cómo se porta su «preciosa» hija. No quiero ser yo la responsable de nada. Y también voy a escribirle una carta esta misma noche a su Excelencia Luise von Ehrenhardt. Sí, sí. Yo creo que esta niña tiene que salir de la casa. ¡No sabe usted todo la de cosas que ve y oye por ahí! Se pasa el día metida en la cocina con el servicio. Y no digamos ya Bertram… ¿Sabe usted que hay días que ni aparece por casa? Sí, comprendo su sorpresa. Pero así son los jóvenes de hoy en día…

Había mucho que hacer y mandaron a Fritz a por panecillos y ponche. Por fin, doña Inge pudo hacer un descanso y se sentó en una caja, rodeada de flores. Como no había ninguna silla, le dijo a Lela que se sentara sobre sus piernas.

–Ven aquí, descansa un poco.

Lela sintió una enorme alegría, una alegría hirviente y cálida. Ahí sentada, no se atrevía ni a moverse. Para no caerse, tuvo que pasarle el brazo por los hombros. Sintió en su mano el calor del cuello y la suavidad del pelo. Y el contacto del pecho de doña Inge. Y en ese momento, todo desapareció, hundido en las aguas, las flores, el mercadillo, Fritz… todo. Era la hora del ocaso. La que pasaba con su madre. Lela cerró los ojos y respiró el aroma que venía de otra mujer. La parecía que todos los sonidos venían en realidad de la calle y que enseguida empezarían a sonar las campanas de la catedral, que el Pulvergarten estaba ya sumido en sombras y que Eva… Sí, Eva tenía el mismo pelo. En ese momento lo vio claro. Puede que incluso tuviera los mismos brazos. Y las manos, cómo la agarraban esas manos… Sin darse cuenta, Lela apoyó la cabeza sobre el hombro de Inge. Tenía el escote justo a la altura de los ojos. Le hubiera gustado darle un beso, pero no se atrevió. Y empezó a temblar sin querer. Doña Inge la miró y le pasó la mano por el pelo. Luego, acercó la cabeza a la de Lela y le dijo en voz baja.

–Ay tontita. Aún eres muy pequeña. ¿De verdad sabes patinar ya?

Lela intentó recomponerse, pero para poder hablar tenía que bajarse del regazo y ponerse en pie. Para que viera que ya no era ninguna niña pequeña.

Fritz estaba en el puesto del champán, sirviendo una copa. Al terminar, se acercó al camerino. Sobre la mesa había unas flores marchitas y a su lado, el violín. Abrió con cuidado la funda y punteó un poco las cuerdas, como para comprobar si aún sonaban. Luego, cogió el pañuelo de seda blanco que le había regalado su madre, se lo puso bajo la barbilla y apoyó suavemente el violín encima. Muy bajo, para él solo, empezó a mover el arco. Sin que nadie lo molestara y con la mano más firme que nunca. Pero había algo que le oprimía, algo atragantado en la garganta, e intentaba sacarlo sacudiendo la cabeza. Pero era imposible quitárselo de encima, tiraba de él, lo aprisionaba, lo forzaba. Empezó a entrechocar las muelas. No hay que rendirse, no hay que rendirse. Tengo que tocar, tengo que tocar, tengo que tocar…