Portada Brigitte Schwaiger POR QUÉ EL AGUA DEL MAR ES SALADA Una cara de mujer trazada con puntos, debajo los mismo puntos pero unidos con unas líneas naranjas formando un útero

Lindsey Fitzharris

El reconstructor de caras

Traducción del inglés

En El reconstructor de caras, Lindsey Fitzharris nos invita a adentrarnos en la apasionante historia de Harold Gillies, un pionero de la cirugía plástica que dedicó su vida a restaurar la dignidad de soldados desfigurados por la Primera Guerra Mundial.

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De la obra y la autora

En El reconstructor de caras, Lindsey Fitzharris nos invita a adentrarnos en la apasionante historia de Harold Gillies, un pionero de la cirugía plástica que dedicó su vida a restaurar la dignidad de soldados desfigurados por la Primera Guerra Mundial.

A través de su prosa cautivadora, Fitzharris explora no solo el impacto físico de las heridas en la guerra, sino también el viaje emocional de aquellos que, enfrentándose a sus nuevas realidades, buscan reconfigurar no solo sus rostros, sino también su sentido de identidad y pertenencia.

Este relato humano y médico revela la intersección entre el arte y la ciencia, mostrando cómo el cuidado y la compasión pueden transformar vidas, haciendo de la obra una obra esencial para comprender tanto la historia de la medicina como la resiliencia del espíritu humano.

Lindsey Fitzharris se destaca como una voz única en la narración de la intersección entre la historia y la medicina, donde su estilo cautivador y su rigurosa investigación dan vida a relatos olvidados que, a menudo, permanecen en las sombras del tiempo. En su obra, no solo se limita a relatar hechos históricos, sino que teje emociones y experiencias humanas que resuenan profundamente en el lector, recordándonos la fragilidad de la existencia y la inquebrantable fuerza del espíritu humano. A través de sus descripciones vívidas y su enfoque meticuloso, Fitzharris logra que el pasado cobre relevancia, invitándonos a reflexionar sobre el sufrimiento y la sanación, así como sobre el impacto duradero de las decisiones médicas en la vida de aquellos que han enfrentado tragedias personales.

Fragmento

20 de noviembre de 1917

Radiantes esquirlas de oro y carmesí atravesaban el cielo por el este al romper el alba sobre Cambrai. La ciudad francesa era un punto de abastecimiento con una importancia crucial para el Ejército alemán, apostado a cuarenta kilómetros de la frontera con Bélgica. Sobre la hierba cubierta de rocío de una colina cercana, el soldado raso Percy Clare, del Séptimo Batallón del Regimiento East Surrey, estaba tumbado boca abajo junto a su oficial al mando, esperando la orden de avance.

Treinta minutos antes había visto cómo cientos de tanques avanzaban con gran estruendo por el barro hacia la maraña de alambre que rodeaba la línea defensiva alemana. Las tropas británicas habían ganado terreno al amparo de la oscuridad. Sin embargo, lo que parecía una victoria pronto degeneró en una masacre infernal para ambos bandos. Mientras Clare se preparaba para atacar al amanecer, veía ya los pedazos inertes de otros soldados esparcidos por un paraje asolado por las bombas. «Me preguntaba si volvería a ver salir el sol sobre las trincheras», escribió más tarde con letra diminuta en su diario.[1]

A sus treinta y seis años, la muerte no era una desconocida para el soldado. Un año antes había estado metido en las trincheras del Somme, donde largos periodos de tedio se veían salpicados por accesos delirantes de terror. Cada pocos días llegaban unos carros para cambiar raciones por cuerpos, pero era imposible mantener el ritmo de la descomunal cantidad de cadáveres. «Estaban tendidos en las mismas trincheras donde habían muerto –recordaba un soldado–. No solo los veías; caminabas, te resbalabas, patinabas sobre ellos».[2]

Los cuerpos putrefactos pasaron a ser elementos estructurales que cubrían las paredes de las trincheras y estrechaban los pasos. Del parapeto asomaban brazos y piernas. Los cadáveres se utilizaban incluso para bachear los caminos que habían destrozado las bombas y que eran esenciales para los vehículos militares. Un hombre recordaba que «echaron de todo al cráter a paladas, cubriéndolo con caballos muertos, cadáveres…, cualquier cosa que sirviera para rellenarlo, taparlo y que el tráfico pudiera seguir rodando».[3] Se abandonó el decoro habitual, mientras las cuadrillas de enterramiento trataban de seguir el ritmo del recuento de cadáveres. Los muertos colgaban como ropa sucia sobre el alambre de espino, cubiertos a solo unos centímetros de profundidad con un manto negro de moscas. «Lo peor –recordaba un soldado de infantería– era la masa burbujeante del sinfín de gusanos que rezumaba de los cadáveres».[4]

[1] «Private Papers of P. Clare», vol. 3, 20 de noviembre de 1917, Documents.1530, Documents and sound archives, Imperial War Museums. El manuscrito consta de cuatro volúmenes sin paginación escritos en 1918, revisados en 1929 y copiados de nuevo en 1932 y 1935. Incluye un anexo de cartas a su madre transcritas.

[2] Willian Clarke, «Random Recollections of ’14/’18», 8, Liddle Collection, Special Collections, Brotherton Library, Universidad de Leeds. Cita original en Joanna Bourke, Dismembering the male: men’s bodies, Britain, and the Great War, Londres: Reaktion Books, 1996, p. 215.

[3] Leo van Bergen, Before my helpless sight: suffering, dying and military medicine on the Western Front, 1914–1918, Farnham: Ashgate, 2009, p. 490 (traducido al inglés por Liz Waters).

[4] Robert Weldon Whalen, Bitter wounds: German victims of the Great War, 1914–1939, Ithaca y Londres: Cornell University Press, 1984, p. 43.