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Hertha Nathorff

Diario de una alemana

Traducción del alemán

Autora: Nathorff, Hertha

Género: No ficción. Biografía

Edición: Prólogo de Carlos Forcadell: «Palabras y memorias en tiempos de oscuridad».

Año edición: 2018

fragmento

10 de noviembre de 1938

Es de noche, muy tarde ya. Aunque me tiembla la mano, voy a intentar dejar por escrito todo lo que ha pasado hoy, unos acontecimientos que se me han quedado grabados a fuego en el corazón. Quiero dejarlos por escrito para mi hijo, para que en algún momento lea cómo han acabado con nosotros. Quiero escribirlo todo tal y como lo he vivido, ahora, a altas horas de la noche, sentada a solas y temblando en mi escritorio, llorando de angustia, como un animal herido. Quiero escribir para no acabar dando gritos en el silencio de la noche.

Ayer hubo un asesinato en París: un judío polaco disparó a un secretario de la embajada alemana.

Y eso tenían que pagarlo los judíos de Alemania. Ayer mismo empezaron a correr rumores, la gente se preguntaba «¿Cómo pudo ese hombre infiltrarse? Nadie puede entrar en una embajada, así como así», a lo que otros decían: «Esto es como lo del incendio del Parlamento; era un asesino a sueldo de los propios nazis. El señor v.R. (gravemente enfermo, de todos modos) estaba en la lista negra…».

Así estaban las cosas hasta que esta mañana me ha dicho la muchacha: «Esta noche se han empleado a fondo. En la peletería de aquí al lado, han roto los escaparates y les han robado todo». No le he prestado demasiada atención, una ya está más que acostumbrada a esas cosas así que, poco después, me he puesto de camino a la clínica. Qué raro, la calle estaba llena de cristales rotos. En la bonita y elegante tienda de modas, habían roto todas las lunas y los escaparates estaban vacíos. Lo mismo en la tienda de al lado y en Etam, el exquisito establecimiento de medias. Me iba preguntando qué es lo que habrían hecho esta vez, cuando una señora bien vestida que ha pasado a mi lado le ha dicho a su marido: «Le está bien empleado a esa maldita panda de judíos, ¡qué dulce sabe la venganza!».

Solo entonces he sido capaz de recapitular y empezar a encajar las piezas. Todo hecho añicos y tiendas destrozadas, todas las tiendas judías que seguía habiendo en el Kaiserallee. Asqueada, me he dado media vuelta para volver a casa. He escuchado algunos comentarios indignados de los que pasaban por ahí, es cierto, pero la mayoría pasaban con la cabeza agachada y en silencio.

Al llegar a casa, me ha dicho la muchacha: «El doctor se ha marchado; lo han llamado de urgencia por un ataque cardiaco». Exacto, ahí estaban los números de orden de las visitas de mi marido. Eran muchísimas. He estado muy nerviosa hasta que ha vuelto casa. Aun así, no he podido parar en ningún momento, la mañana ha sido una auténtica locura. El teléfono no ha dejado de sonar, todos querían ver al doctor de urgencia. He intentado contactar con él en casa de algún paciente. He tenido que hacer seis o siete llamadas hasta que lo conseguido y le he podido transmitir los encargos:

–Tienes que ir inmediatamente aquí y allá. Un ataque cardíaco.

–Pero no puedo marcharme de aquí. Si tan urgente es, que vayan a otro médico –me ha dicho mi marido.

Así que he intentado contactar con alguno. ¡Imposible! Estaban todos ocupados. Y así ha sido toda la mañana. He almorzado a solas con el niño, que me ha contado:

–Mamá, ¿sabías que la sinagoga de Prinzregentenstrasse ha ardido? Lo he visto al venir a casa. Y las calles estaban llenas de cristales. Dicen que todo lo han hecho los nazis.

Apenas he sido capaz de prestar atención a mi hijo. Solo estaba atenta a la puerta, por si venía mi marido. Al final, ha llegado a casa a eso de las tres, cuando ya habían venido los primeros pacientes de la tarde. Había tenido que tranquilizarlos para que esperasen un poco. Eran pacientes nuevos, que todavía no me conocían. Una me ha dicho:

–¿Sabe que están ardiendo nuestros templos? Quién sabe todo lo que pasará antes que termine el día.

Pero yo no tenía tiempo de entretenerme con ella, porque estaban llamando otra vez a la puerta. Mi hermana. Al verla, me ha parecido que estaba muy pálida, así que he pensado que seguiría afectada por la despedida de nuestros hermanos o que habrían vuelto a acosar a su esposo con sus excursiones científicas. No he tenido tiempo de hablar con ella. No han parado de llamar a la puerta y por teléfono.

–¿Ni siquiera hoy tenéis menos jaleo? –me ha dicho mi hermana.

Pero no he podido ni atenderla ni responderle, porque, justo en ese momento, ha aparecido mi marido. Estaba agotado, sin aliento.

–No puedo comer, solo tomaré una taza de café.

Ha saludado a mi hermana a toda prisa.

–¿Podemos hablar a solas un momento? –le ha preguntado ella.

Como me ha parecido que quería consultarle algo como médico, he salido inmediatamente de la habitación. Al poco, ha venido a buscarme mi marido:

–No te asustes, pero se han llevado a Otto.

–¿Que se lo han llevado? ¿Qué dices, cómo? -he preguntado.

–Bueno –me ha dicho él–, parece que han puesto en marcha una operación. También han detenido a varios de mis pacientes. Por eso ha habido tantos ataques al corazón. En una boda, se han llevado a todos los hombres.

Le he pedido a mi esposo que llamara inmediatamente al hermano de mi cuñado. Ha contestado su esposa:

–Hoy no está pasando consulta. Ha ido de excursión con sus amigos al Grunewald. Venid aquí enseguida.

¡Y mi marido pasando consulta! Más tarde, ha acompañado a mi hermana a casa de su cuñada. Les ha abierto la puerta su hijo:

–También se han llevado a papá –les ha dicho.

Me lo han contado por teléfono, porque yo me había quedado en casa. Le he pedido a mi marido que no volviera aquí, que yo le llevaría todo lo que necesitara para las visitas de la tarde, que nos encontraríamos en la calle y lo acompañaría a las visitas. Estaba desesperada y desconsolada. ¿Qué podemos hacer?, ¿qué hacemos? Le he suplicado a mi marido que no viniera a dormir a casa. Unos amigos acababan de decirme que tenían sitio para él, así que le rogado que fuera con ellos. Pero mi marido… ¿Qué es lo que ha hecho él? El solo ha pensado en sus pacientes. En los hombres y las mujeres que han sufrido ataques al corazón, porque acababan de llevarse a sus familiares. Y nadie sabe a dónde. Ya era de noche. Los periódicos decían que la operación había terminado y mi marido ha insistido en venir a casa. «¿Es que no sabes que los periódicos mienten?», le he preguntado, pero no puedo obligarle a nada, ni tampoco impedirle que siga cumpliendo su deber. Como eran las nueve, yo me he venido a casa para ver al niño. La cocinera ya se había acostado. Estaba sola en casa, en un angustioso silencio.

Como de costumbre, he cerrado las habitaciones de la parte delantera de la casa y me he sentado junto a la radio para enterarme de todo lo que había pasado y esperar a que mi esposo volviera a casa.

A las nueve y media de la noche, han llamado dos veces a la puerta, dos golpes rápidos y fuertes. Me he acercado a la puerta:

–¿Quién es?

–¡Abran la puerta! ¡Policía criminal!

He abierto temblando. Sabía qué buscaban.

–¿Dónde está el doctor?

–No está en casa –he dicho.

–¿Cómo dice? La portera lo ha visto llegar.

–Ha estado en casa, pero lo han llamado y ha vuelto a salir.

Se han acercado a la primera puerta. Cerrada. A la segunda. Cerrada.

–Esas son las habitaciones del consultorio –les he explicado–. Una vez nos robaron y, desde entonces, las cierro siempre que me quedo sola por la noche.

Han pasado a la siguiente.

–No la sacudan, por favor –he dicho–. Mi hijo está durmiendo ahí.

–Ya nos sabemos los trucos de los judíos. –Entonces, me ha puesto el revólver debajo de la nariz y ha añadido–: Diga una palabra más y le meto una bala en los sesos. ¿Dónde ha escondido a su marido?

Me han temblado las piernas, pero me he dicho que debía mantener la calma.

–No estoy mintiendo. Mi marido no está en casa. Si dispara, dispare primero a mi hijo y luego máteme a mí. Y no falle.

Entonces, he abierto la puerta del niño y los dos tipos se han resignado a irse, por fin se habían dignado a creerme. Pero, justo en ese momento, he oído cómo se abría la puerta de casa. Estaba llegando mi marido. El pobre estaba llegando en el preciso instante en que lo creía a salvo. En cuanto ha entrado, se ha quedado parado en el sitio y ellos se lo han llevado detenido.

–Agradezca a su Dios que su mujer no tenga una bala metida dentro del cráneo –se ha atrevido a decir el tipo, así como a poner en su boca el nombre de Dios.

Se han marchado con mi marido y yo he saliendo corriendo tras ellos hasta la calle:

–¿Adónde se llevan a mi esposo? ¿Por qué se lo llevan?

Me han dado un empujón con brutalidad:

–Puede ir a preguntar mañana a Alexanderplatz.

He visto cómo se montaban en un coche y cómo se marchaban con mi marido en la oscuridad de la noche. El portero estaba de pie en el portal, me ha cogido del brazo y me ha dicho:

–De haberlo imaginado, habría escondido al bueno del doctor entre el carbón. ¡Cuántas cosas han pasado desde lo del señor von Bredow (a quien fusilaron en 1934)! Han ido subiendo de nivel. Pero con esos métodos, no acabarán bien.

A duras penas, he conseguido subir las escaleras. ¿Qué podía hacer? He intentado contactar por teléfono con amigos y colegas, pero la respuesta era la misma en todas partes: «No está en casa». He registrado el escritorio de mi marido a toda prisa. No he encontrado nada que pudiera incriminarle. Entonces lo he recordado: en la cocina estaba la pequeña bayoneta de cuando mi marido estuvo en el ejército. La había bajado del desván esta misma mañana, donde estaba guardada con otros recuerdos. Los judíos ya no podemos tener armas, bajo pena de muerte. Quería llevarla mañana a la policía. ¿Qué hago con ella hasta entonces? He salido con el arma a la calle. No podía dejarla por ahí tirada, podría encontrarla alguien y el castigo sería mucho peor. Así que he tenido que volver a casa, no fuera a pasarle algo al niño. A eso de medianoche, ha venido una señora. A escondidas y sin hacer ruido. Había visto titilar la luz de mi habitación. Sin decir nada, me ha preparado un té y me ha preguntado si podía ayudarme de alguna forma. La he cogido de la mano, sin palabras.

–Nadie puede ayudarme. –Entonces, he señalado hacia la bayoneta–. Quédese con eso hasta mañana por la mañana.

Van a dar las tres de la madrugada. Estoy completamente vestida en medio de mi casa vacía. Qué vacía está… No han vuelto a venir. En la habitación de al lado escucho la respiración tranquila de mi hijo. ¿Dónde estará su padre? Quiero acostarme y apagar la luz, igual que hoy se ha extinguido en mi interior una luz de brillo sagrado, la de mi fe en la bondad del ser humano.

EN PRENSA

Babelia – Muñoz Molina

La doctora Hertha Nathorff, una mujer cultivada que tocaba el piano y que en su juventud había vacilado entre hacerse médica o cantante de ópera, había anotado en su diario, el 30 de enero, el nombramiento de Hitler como canciller provisional de lo que todavía era la República de Weimar. En algunos pacientes había observado esos días caras de preocupación; en otros, de puro júbilo. Apenas dos meses después, la noche en que vio a Hitler en el palco del cine, ya había ardido el Reichstag y habían empezado las detenciones, los desfiles agresivos con antorchas, los primeros boicoteos a comercios judíos. Pero la fuerza narcótica de la normalidad es tan poderosa que muy pocas personas se daban cuenta de la escala de lo que ya estaba sucediendo. Hertha Nathorff llegó al cine con su amiga después de una jornada muy fatigosa en la clínica y observó que todo el mundo en el patio de butacas alzaba la mirada en la misma dirección, y allí estaba Hitler. Nathorff anota que había mucha agitación entre el público, pero no dice que sonara un aplauso. Lo que cuenta es que se fijó en los ojos y en las manos de Hitler, y le dijo a su amiga: «Este hombre será nuestra desgracia y la de Alemania. Lo tengo claro, ahora que he visto sus ojos y sus manos». De lo que había visto en esos ojos y esas manos no dice nada más. Sabemos que los ojos eran muy claros y redondos, y que miraban con una intensidad entre demente e hipnótica. No recuerdo haber leído nada sobre las manos de Hitler.

Las de la doctora Nathorff tendrían la suavidad sensitiva, la capacidad de máxima y delicada precisión requeridas para tocar el piano, para auscultar la carne humana dolorida y practicar la cirugía. Unos meses más tarde, Hertha ­Nathorff había sido expulsada de su trabajo en el hospital. Al cabo de menos de seis años, cuando se miraba las manos, las veía rojas y ásperas, gastadas por el trabajo de fregar y limpiar, y ya temía que nunca más volvería a tocar el piano ni a examinar a un enfermo. En muy poco tiempo lo que parecía inconcebible había sucedido, lo sólido y lo normal y razonable se había desmoronado, y Hertha Nathorff, su marido y su hijo, después de ir perdiendo uno por uno todos los asideros que habían dado por firmes en sus vidas, eran tres exiliados sin oficio ni beneficio, sin amistades, sin posición social, tratando malamente de buscarse la vida en Nueva York. Porque habían logrado escapar de Alemania podían contarse entre los privilegiados. Pero el trauma del acoso gradual, del terror, de la exclusión, de la soledad sin amparo en una ciudad abrumadora y en un idioma que aún no conocían es probable que ya no los abandonara nunca. Un día de septiembre de 1941, Hertha Nathorff sale de su casa y echa andar hasta que se hace de noche y llega a la orilla del Hudson. Escribe en el diario: «El agua me llamaba, me atraía… Así que me quité los zapatos, el abrigo y el sombrero, y lo dejé todo en un banco, al lado del bolso». La traducción de Virginia Maza es de una gran belleza. Parece que estamos leyendo una escena de esa tremenda novela de Isaac Bashevis Singer sobre exiliados europeos, Sombras sobre el Hudson. Cuando ya está a un paso del agua, Nathorff se detiene al oír una voz que le habla en alemán en la oscuridad: “¿Qué está haciendo? ¿Adónde va?”. A un desconocido, un compatriota igual de desterrado que se encontraba por azar junto al río, le debió esa noche Hertha Nathorff la vida.