Portada libro "Un rabajo de hombres". Fondo blanco. Mujer de perfil, con camisa blanca, pañuelo rojo en la cabeza y una llave inglesa en la mano

Edith Anderson

Un trabajo de hombres

Traducción del inglés

Anderson trabajó en la Pennsylvania Railroad de 1941 a 1947.
En esta novela reconstruye el mundo de experiencias de las mujeres que ocuparon el lugar hasta entonces reservado en exclusiva para hombres. La lucha por la igualdad de derechos contra los compañeros que siguen defendiendo el privilegio.
Pero también es una historia de sororidad y de fuerza en ella. Una novela coral, con algunos de los personajes más vivos que he traducido.
Una novela llena, sí, de vida en todos los sentidos y de la experiencia de trabajo y lucha de unas pioneras.

Publicada originalmente en 1956 con una traducción al alemán (Gelbes Licht), se publica aquí por primera vez en traducción del original inédito de Anderson en inglés.

 

De la obra y la autora

Edith Anderson (Nueva York, 1915 – Berlín, 1999) fue una mujer que cruzó fronteras físicas e ideológicas en busca de un mundo más justo. Judía estadounidense y comprometida con la lucha social, se afilió al Partido Comunista y trabajó como periodista para el Daily Worker. Su vida dio un giro decisivo en 1943, cuando conoció a Max Schröder, un refugiado político y editor alemán con quien se casó un año después.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Edith y Max decidieron dejar atrás lo que consideraban una América marcada por el antisovietismo y se establecieron en la República Democrática Alemana (RDA). Allí, Anderson no solo encontró una nueva patria, sino también un espacio para desarrollar su voz como pensadora crítica e independiente.

En la RDA, Edith Anderson consolidó una destacada carrera como periodista, traductora y escritora. Su primera novela, Un trabajo de hombres, es un testimonio de su talento literario y su compromiso con la reflexión social.

Durante la Segunda Guerra Mundial, las mujeres de la estación ferroviaria de Port Empire, Nueva Jersey, se enfrentaron a una realidad que las llevó a cuestionar la supuesta superioridad masculina. Con sus maridos, hermanos e hijos llamados a filas para combatir en Europa o el Pacífico, fueron ellas quienes, como parte del esfuerzo bélico, asumieron la responsabilidad de mantener los trenes en funcionamiento.

Sin embargo, su incorporación al mundo laboral no estuvo exenta de dificultades. Sus colegas hombres las miraban con recelo, las supervisoras fomentaban el enfrentamiento entre las trabajadoras, y se les asignaban las tareas peor pagadas. Además, debían cumplir con normas de servicio especiales que, en la práctica, resultaban ser una forma encubierta de acoso.

En este contexto, el auge del socialismo en Estados Unidos comenzó a difundir promesas de justicia e igualdad, ofreciendo a estas mujeres una nueva perspectiva desde la cual afrontar su situación.

Esta historia, basada en las experiencias de la autora como guardagujas del ferrocarril de Pensilvania, retrata la lucha de aquellas mujeres que, aunque alejadas del frente, trabajaron incansablemente para sostener la sociedad civil durante la guerra y, también, por defender la igualdad de derechos contra el privilegio masculino.

La novela se publicó por primera vez traducida al alemán. Esta es la traducción del original inédito en inglés.

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Fragmento

Ocho mujeres, todas mayores de veinte años y una mayor de treinta y cinco, estaban sentadas alrededor de una larga mesa. En el bochorno de un día de junio, se examinaban con disimulo unas a otras mientras un hombre de mediana edad, el señor Miller, les leía en voz alta las páginas de un librito. La habitación en que se encontraban estaba en las oficinas de una gran compañía ferroviaria estadounidense. Habían abierto todas las ventanas, pero en el verano de la costa este no se movía una brizna de aire ni cabía la esperanza de que hubiera tormenta. Al otro lado, altas columnas de humo de fábricas, locomotoras y acorazados trataban de subir vacilantes en la densa atmósfera, algo encorvadas, incapaces de alzar el vuelo.
Las mujeres escuchaban al señor Miller, pero igual que se escucha el zumbido de las abejas mientras se lee en una hamaca. Lo que recitaba con voz paciente y monótona les resultaba incomprensible del todo y él no hacía intento alguno de explicar nada. De vez en cuando levantaba la vista y les indicaba con amabilidad que pasaran la página y entonces las mujeres, todas con un librito como el suyo, pasaban aplicadas la  página, mientras frases como «el sonido del silbato deberá ser distintivo, con una intensidad y una duración proporcionales a la distancia a la que se desea transmitir la  señal» desaparecían en un zumbido indistinto para mezclarse con el humo de
fuera.
Con todo, la habitación bullía con agitación y llena de tanta vida como la de una molécula de agua encharcada. Todas estaban ocupadas calibrando a las demás. Se estaban forjando alianzas y antipatías. Todas ellas trataban de ocultar su personalidad tras una máscara de simpatía o indiferencia y, al mismo tiempo, de traspasar el disfraz de las otras. Se examinaban la ropa, el peinado y el maquillaje, resolvían la edad, la nacionalidad, la posible religión y el estado civil de cada una y se aceptaban con cautela o se rechazaban de plano.
Aunque no comprendían una palabra de lo que leía el instructor, ninguna dejaba de saber que era excepcional estar en aquella clase y la responsabilidad que conllevaba. Ser conscientes de su nueva condición (o, mejor dicho, de la condición que les iba a corresponder cuando terminara la instrucción) sumaba en su imaginario algo que nunca había estado ahí: iban a ser de las primeras mujeres de Estados Unidos en trabajar en el ferrocarril y eso las hacía estar emocionadas y ansiosas a partes iguales, temerosas incluso.
Por supuesto, esa emoción influía en la impresión que se hacían de las demás. Las llevaba a imaginar las posibilidades de personas que, de ordinario, habrían ignorado o evitado sin más.