Arnold Zweig
Una muerte en Jerusalén
Traducción del alemán
En la Jerusalén de finales de los años veinte, un prominente miembro de la comunidad judía ortodoxa es asesinado en plena calle. Su muerte desencadena disturbios, acusaciones cruzadas y una investigación dirigida por un alto responsable británico, amigo de la víctima. Pronto la sospecha se desvía hacia jóvenes sionistas laicos en lugar de hacia los primeros sospechosos. A través del crimen, la novela desvela las tensiones religiosas, políticas y sociales que atraviesan una ciudad consumida por el conflicto.
Este libro, escrito en 1932, es tan lúcido como revelador en su retrato del sionismo y el papel de las potencias occidentales. Tuve además el honor de escribir su prólogo.
De la obra y EL AUTOR
Arnold Zweig (1887–1968) fue un escritor y periodista alemán, una de las voces más destacadas de la literatura germanófona del siglo XX. De origen judío y formación humanista, vivió de cerca las convulsiones de su época: las dos guerras mundiales, el ascenso del nazismo, el exilio y la reconstrucción de Europa.
Se dio a conocer con novelas y relatos que combinan crítica social, análisis psicológico y compromiso político, y alcanzó renombre internacional con su ciclo narrativo sobre la Primera Guerra Mundial, en el que denunció el militarismo, el antisemitismo y la violencia institucional. Su obra se caracteriza por la mirada aguda hacia los mecanismos de poder y por un humanismo escéptico, atento a las tensiones entre individuo y colectivo.
Tras un largo exilio, principalmente en Palestina, regresó a Alemania Oriental en 1948, donde fue reconocido como una figura intelectual de referencia. Su escritura, marcada por la lucidez moral y la complejidad histórica, sigue ofreciendo claves para comprender la Europa del siglo XX y sus heridas.
Ambientada en el Jerusalén de finales de los años veinte, la novela arranca con un asesinato: Yitzḥák Josef de Vriendt —un intelectual de prestigio y referente de la comunidad judía ortodoxa— es tiroteado en plena calle. Ese hecho detonante desencadena enfrentamientos entre comunidades, rumores, sospechas y el temor de una ciudad fracturada. Lo que comienza como un caso criminal se transforma en una investigación que desvela las múltiples tensiones religiosas, políticas y sociales de un Palestina bajo mandato británico, con grupos sionistas enfrentados a sectores ortodoxos y con una población atrapada en el fuego cruzado.
Zweig construye un relato lúcido, sin reduccionismos: la complejidad de los personajes y de sus convicciones, la ambigüedad moral, la violencia como instrumento político y la fragilidad de la convivencia aparecen con toda su crudeza. La novela fue publicada por primera vez en 1932 y es considerada la primera ficción literaria que aborda el conflicto en Oriente Próximo.
En mi versión en español he tratado de respetar ese equilibrio —la tensión narrativa, la riqueza histórica, la profundidad psicológica— para que el lector español pueda acceder al dramatismo, al dilema moral y al testimonio de un pasado que, de muchas maneras, anticipó un presente.
Una muerte en Jerusalén no solo es una novela imprescindible para quienes aman la literatura histórica o la literatura judía, sino también para cualquier lector interesado en las raíces de los conflictos actuales, en las heridas de la memoria, en las complejidades de la identidad, la lealtad y la traición.
Tuve el honor de escribir su prólogo.
Fragmento
Lolard B. Irmin, el hombre más importante del servicio secreto británico en la administración de Judea (la Palestina meridional), tenía uno de sus «días europeos». Así se refería él a ese estado de ánimo que lo asaltaba alguna que otra vez y lo hacía andar con la cabeza embotada, sudores fríos y la sensación de que el corazón se le iba a salir del pecho. Todo lo que le ocurría y concernía le resultaba extraño: sus ocupaciones, la ciudad de Jerusalén, el país y hasta él mismo.
Nada le hacía sospechar que aquel miércoles no fuera a ser como cualquier otro, pero la mirada indolente del destino se había posado en uno de sus amigos y se disponía a cambiar su vida y la de miles de personas más. A última hora de la mañana, estaba refugiado en la habitación más fresca de la casa de Musrara. La había alquilado al efendi Ahmed Jouzy y costaba un dineral, pero era bonita y tenía un vestíbulo de techos abovedados con una fuente para refrescarlo: un lujo poco habitual en la ciudad de montaña más árida del mundo. Estaba como agazapado en un taburete, fumando una pipa sin disfrutarla y con las manos febriles caídas entre las perneras blancas del pantalón, tenía el rostro sonrojado, un tupido bigote pelirrojo y la mirada azul, ausente; desencajado por la duda. ¿Estaba loco? Sin duda. Solamente un loco habría jugado a ser agente del servicio secreto durante cinco años entre las piedras de esa ciudad abandonada por los dioses; solamente un loco se dejaría capturar en las redes tensadas entre judíos y árabes, británicos y musulmanes, y entre todo tipo de confesiones (coptos, abisinios, protestantes, ortodoxos y católicos), entre los consulados de todos esos pueblos que, tras el derrumbe de la Torre de Babel, quedaron reducidos a una división tal que habría abochornado a las razas de perros o de caballos. ¿Por qué demonios no había abandonado hacía tiempo esa región en la que Inglaterra intervino en nombre de la Sociedad de Naciones para solo conseguir que todo el mundo peleara por ella? Bien podría haber estado jugando al polo durante esos años en una colonia saludable y frondosa, o en casa, en South Devon, con esposa e hijos (como, según las reglas del buen vivir, es conveniente para un hombre de treinta y tantos). ¿Qué le impedía, dioses del Lejano Oriente, labrarse una carrera en el reino del magnífico Buda y a la sombra de los cedros de Simla? Con sus méritos, no le habría resultado difícil. Sin embargo, ahí estaba él, atrapado en Jerusalén, en una ciudad sin agua ni bosques ni paz, y donde cincuenta y dos naciones y sectas se despreciaban en secreto, por la sola razón de no poder alejarse de ese fascinante pedazo de roca desnuda que, entre el desierto y el Mediterráneo, une Asia y África: uno de los tres centros de gravedad del mundo.
