Nora Eckert
Flores particulares
Traducción del alemán – Prólogo de Alana S. Portero
Nora Eckert, periodista y crítica cultural alemana, e presenta al mundo como mujer trans y reivindica su trans*idad, transgrediendo desde la primera línea de su autobiografía las normas del binarismo:
«No soy ni hombre ni mujer. Vivo una tercera opción y no es necesario buscar un término para ella. En verdad, lo único importante es vivir lo que eres.»
El libro y su autora
Nora Eckert (Núremberg, 1954) llegó a Berlín Oeste a finales de 1973. Aunque se trasladó a la ciudad desde un pequeño pueblo a las afueras de Núremberg con el contrato de una gran librería bajo el brazo, pronto comenzó a trabajar en el guardarropa del Chez Romy Haag, un famoso club de transformismo donde cada noche se daban cita artistas como David Bowie, Tina Turner o Grace Jones.
Sus memorias se abren con la llegada de Nora a la ciudad que iba a convertirse en su universo vital y en el escenario para la representación y la vivencia de identidad. Enseguida se enamora del dialecto berlinés y del peculiar carácter de la ciudad y sus habitantes, con una «forma entre desenfadada e indiferente de tratar con el mundo y con las demás personas. Cada cual hace lo suyo: así es la mentalidad berlinesa del vive y deja vivir». Berlín era una especie de burbuja, una pista de baile disco en la que todo se mezclaba y todo podía ser lo que es.
Describe aquel Berlín de esos años setenta, un mundo perdido y unido a un momento político y social muy concreto. Berlín también es el protagonista de estas memorias y es el Berlín de la noche, lo mismo que el de la vida cotidiana en las tiendas de barrio. Un escenario, en sentido casi literal, que le va a permitir vivenciarse y, también, presentarse al mundo siendo quien es.
Aunque en el relato de su vida no reconoce el trauma que tantas veces se asocia a la biografía de las personas trans (esta es una biografía luminosa), sí se aleja de los lugares de su infancia y adolescencia. Describe, además, con particular crudeza y desnudez la experiencia vital de la evaluación psicológica para el cambio de la inscripción relativa al género en el registro civil, así como los enormes obstáculos para la autodeterminación de género.
Eckert conquista el día convertida en mecanógrafa, aunque conseguirá reputación y realizará su vocación como crítica de ópera, dedicación a la que consagra gran parte de su vida. La autora reflexiona ya desde la madurez sobre este proceso que consigue culminar con la renuncia a una parte de su identidad personal, para concluir que con el passing se vivió como mujer, a costa de relegar al olvido su trans*idad.
Con estas memorias busca volver a las raíces, presentarse de nuevo al mundo como en las noches del lejano Berlín de los años setenta, siendo «cien por cien trans*, aunque lo haya ignorado durante treinta y cinco años» y cerrar el camino de emancipación que se abrió con aquel viaje casi iniciático en la Navidad de 1973.
Eckert escribió sus memorias para contar, en sus palabras, «cómo el niño se convirtió en mujer, en mujer trans para ser precisa». Se presenta al mundo como mujer trans y reivindica su trans*idad, transgrediendo desde la primera línea de su autobiografía las normas del binarismo:
No soy ni hombre ni mujer. Vivo una tercera opción y no es necesario buscar un término para ella. En verdad, lo único importante es vivir lo que eres.
Traducir al español la vivencia de lo propio y del mundo de una persona no binaria es todo un reto. Exigió traducir con perspectiva de género, y la estrategia que adopté fue la del lenguaje inclusivo no binario.
Los retos de la traducción, sin embargo, no se agotaron ahí. También hubo cuestiones terminológicas clave, en especial las relacionadas con el alemán Geschlecht (género, sexo) y una extensa labor de investigación.
De todo ello, hablé en este artículo publicado en Vasos Comunicantes.
fragmento
Lo que no se ve en la fotografía
Las fotografías cuentan historias, unimos unas con otras. ¿Qué hay de esta foto de un niño pequeño? ¿Cuántos años tendrá? ¿Cinco, seis quizá? ¿Cuál es su historia? Yo soy la que mira obediente a la cámara, con un atisbo de sonrisa en la cara y los ojos grandes y despiertos. Cuando no se sabe qué cumplido hacerle a una mujer, se suele elogiar la belleza de sus ojos o de su cabello. Por eso es por lo que jamás he sabido cómo reaccionar cada vez que alguien se prendía de mis preciosos ojos… aunque no es el momento de hablar de esto. ¿Qué más llama la atención? La raya planchada del pantalón, algo que hoy apenas se ve. Los pantalones los cosió mi madre con unos viejos de papá. En los años cincuenta se cuidaban los gastos.
Cuando llegara el fotógrafo, tenía que estar como era debido. Por eso me pusieron ropa buena. Me maravilló que se pudiera hacer un pantalón tan pequeño con uno de persona mayor, y estuve presente en todo el arreglo, incluidas la toma de medidas y las pruebas. No me gustaba llevarlo. Me picaba en las piernas y la tela estaba tiesa. Lo que más me molestaba era que con él puesto no me permitían jugar, me habían sentenciado a no moverme. Al fondo de la fotografía asoman los rodrigones del jardín de mi madre, cubiertos por un frondoso manto de hojas de habichuela.
