Portada Entre el amor y el odio

Milena Michiko Flašar

Los kodokusha

Traducción del alemán

Los kodokusha es la última novela de Milena Michiko Flašar. Cuando la tierra pasa a estar sobre nuestra cabeza y el cielo,  los pies. Allí donde los límites entre vida y muerte, horizonte y tierra se desdibujan, Suzu, el señor Ono y Takada se ocupan, descubren o se preguntan por el amor, la felicidad, la verdad, la libertad, la familia o la muerte. Por lo humano que resuena en los ecos del aire.

El libro y su autora

Cuando la tierra pasa a estar sobre nuestra cabeza y el cielo,  los pies. Allí donde los límites entre vida y muerte, horizonte y tierra se desdibujan, Suzu, el señor Ono y Takada se ocupan, descubren o se preguntan por el amor, la felicidad, la verdad, la libertad, la familia o la muerte. Por lo humano que resuena en los ecos del aire.

Milena Michiko Flašar, nación en 1980 en la austriaca St. Pölten. De madre japonesa y padre austriaco, estudió Literatura Comparada y Filología Alemana y Románica en las universidades de Viena y Berlín.

Su obra se mueve en el equilibrio, en el centro que une opuestos; arriba y abajo, vida y muerte,  efímero y  eterno, alegría y tristeza. Michiko Flašar muestra la soledad y la búsqueda de lazos en un mundo en el que el individuo cada vez está más solo aunque cada vez está más interconectado. Sus personasjes descubre que la humanidad reside en los lazos, en el cuidar, en el ir hacia otro y con otro.

fragmento

Me gustaba estar sola. Y, a decir verdad, en eso no ha cambiado nada. Sigo siendo una persona que no necesita mucha compañía. Aunque ya no es como antes; sí necesito alguna y darme cuenta de que es así le dio un nuevo sentido a mi vida. Hasta entonces era como una calle de dirección única por la que solo circulaba yo. Sin tráfico en contra. Ni atascos. Avanzaba bastante, pero ¿me divertía avanzar? La respuesta, sin duda, es no.

No es que fuera hosca en especial. Mis estados de ánimo, los buenos y los malos, se contrapesaban. Tan solo me parecía que lo de divertirse era para quienes estaban dotados para ello por naturaleza. Les interesaba el camino que se les abría delante y lo recorrían junto a sus semejantes. Formaban grupitos de los que, a su vez, nacían otros. Cuando era necesario hacía yo lo mismo. No era huraña de más ni tenía intención de rebelarme en un sola contra el mundo. Quería que me dejaran tranquila, simple y llanamente. Ya en el colegio dedicaba el trabajo imprescindible a las amistades y, aunque por ser del montón no tenía mayor problema para hacerme un hueco en la clase y sus pandillas, no llegué a tener una relación estrecha con ningún compañero. Quizá fuera a causa de mi apatía. Cuidar de las relaciones o entablarlas siquiera me resultaba latoso. Me agotaba conocer a alguien. ¡La de veces que había que hablar para llegar a puntos en común! ¡La de malentendidos y complicaciones a los que daba lugar todo eso! ¿Para qué semejante esfuerzo? Ya era lo bastante duro ser yo misma. Eso se decía al menos la chica de dieciséis años y con espinillas que era entonces y, al hacerme adulta, seguí pensando lo mismo por pura pereza.

Mi lema era vive y deja vivir. La intimidad me exigía un precio demasiado alto. Pocas veces desvelaba algo de mí o sentía curiosidad por los secretos del otro. No tenía gana alguna de sonsacárselos. En mi opinión, la relación ideal –daba igual con quién– consistía en que ninguna de las partes esperara gran cosa de la otra. Algo de charla insustancial de vez en cuando. Que si hacía frío. Que si ya olía a la nieve que aún no había caído. No se me ocurría nada más. En cuanto la conversación tocaba lo personal, se me hacía un nudo en la garganta. Si el tono se volvía cercano, el corazón se me aceleraba. Quería que fuera sencillo y sin compromiso. En el trabajo (hacía unas horas de ayudante de camarera), me gané fama de distante y no hice el menor intento por cambiar esa imagen. Por lo demás, pasaba sola los ratos de descanso en la sala común. Al principio mis compañeras mostraron buenas intenciones. Cada vez que tenían la oportunidad, me incluían en el corrillo para charlar. Pero poco a poco, porque se dieron cuenta de que me eran indiferentes, se hartaron de gastar saliva por mí y pronto quedé al margen. A mí, que ya había cumplido los veinticinco años, me pareció bien. Con tal de estar en paz no debíamos engañarnos con lo de estamos todas en el mismo barco. Al acabar el turno (y cómo anhelaba yo que llegara el momento de cerrar la taquilla), era la primera en quitarme el uniforme rosa y la primera, en salir al aparcamiento. El restaurante, un típico famiresu al estilo de diner americano, vertía una luz cálida sobre el asfalto. Veía a niños sentados en tronas y a padres dándoles de comer. El aire olía a aceite de freidora y fuerte a carne asada. También yo llevaba el olor pegado al pelo. Me llegaba a vaharadas con cada paso, así que echaba a correr para escapar de él. Como tarde se había evaporado al llegar a la estación y desde allí iba directa a casa.