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Karl Gutzkow

Wally, la escéptica

Traducción del alemán

Autor: Gutzkow, Karl

Año de publicación: 1835

Edición: Presentación de Leopold Federmair. Introducción y traducción de Virginia Maza

Año edición: 2015

MUESTRA

El sol parecía entretejer con sus hilos de luz dorada el bosque que Wally atravesaba al galope a lomos de un caballo de amazona blanco. Su imagen era incluso más bella que la de Afrodita, puesto que en ella al encanto clásico que solo puede manar de la espuma de los mares chipriotas, se había unido toda la magia del Romanticismo… Así era el halo que la envolvía, no le faltaba nada de los nuevos tiempos. ¡Ah, qué coquetería la suya! ¡Sabía ir a la moda sin dejar de ser natural! Y todo sobre un animal que era ciego, aunque ella probablemente no lo sabía. Altanera, Wally daba la sensación de haber nacido para estar donde y como estaba… Su actitud tenía más de estudiado que de innato. Pero a veces, a través de la afectación casi convincente de criaturas como ella, consiguen abrirse paso unos destellos que revelan su interior. Cuando eso sucede nada es más irresistible. A ellos se aferran los hombres que llegan a verlos, como si fueran las descargas, los pulsos invisibles e inconscientes de un gusto que empieza a calar en ellos.

Sin embargo, ninguno de los caballeros que rodeaban a Wally parecía ver aquellas pequeñas luces de la verdadera feminidad, en forma del vértigo del miedo. Tal vez sí llegara a intuirlas el palafrenero, que también sabía que la yegua blanca era ciega. Pero los demás solo iban allí pegados a ella, como las limaduras de hierro al imán, como la imitación a la genialidad o como lo ordinario a lo maravilloso.

 

Por el camino iba paseando Caesar. A ritmo de dos por cuatro, como correspondía a su temperamento. Era un hombre capaz de diseccionar al instante un grupo como el que pasó a toda velocidad por delante de él y de separar del resto a la figura dominante. De desgranarla. Desmigajarla. Descomponerla haciéndola pasar por el tamiz de su propia personalidad. Seguro que conocéis a uno de estos genios que parecen expresar mucha más profundidad cuando callan que cuando hablan y que solo necesitan barrer con una mirada de triunfo a un grupo de personas para despertar en todas una veneración espontánea. Caesar había superado ya dos terceras partes de la veintena. Alrededor de la nariz y de la boca serpenteaban unos finos surcos en los que se había depositado una temprana semilla de conocimiento. Unas líneas que podían dibujar desde la más afable de las expresiones hasta lo demoniacamente siniestro. Su educación había concluido. Lo que absorbiera a partir de entonces solo serviría para reforzar lo que ya estaba en él, no para transformarlo. Caesar había alcanzado el primer nivel del entusiasmo idealista con el que nuestro tiempo deja que se empapen las mentes jóvenes. Tenía a sus espaldas todo un cementerio de pensamientos muertos, de ideas gloriosas en las que había creído alguna vez. Ya no caía al suelo para que su pasado se postrara ante su futuro y desgarrado, abrazándose a sus rodillas, le implorara: «Bendito futuro, fulgurante Moloch, ¿cuándo dejaré yo de sacrificarme?». Caesar ya no enterraba a sus muertos; las ideas, calladas, yacían tan lejos de él que ya no podía aplastarlas al moverse. Era un hombre maduro, respetaba las formas, era un escéptico. Lo suyo eran sombras de conceptos, sombras de lo que había sido arrebato. Había terminado la escuela y ya solamente habría podido actuar porque, hicieran lo que hicieran con él sus ideas muertas, era un hombre resuelto. ¡Ay, pobre juventud! No puedes abrirte paso a ninguna ocupación. Tu alma, agotada de conocimiento, no puede renacer entre todo lo que sucede; solo puedes sonreír, suspirar, burlarte y, cuando amas, ¡hacer desgraciadas a las mujeres!

reflexión

Wally y el miedo de la humanidad

En agosto de 1835, Karl Gutzkow publica esta novela que en muy poco tiempo alcanzó una difusión y una popularidad extraordinarias. Todo un fenómeno literario en su momento puesto que era una obra provocadora, irónica y con temas de peso.

Así, ponía especialmente en cuestión la institución social del matrimonio, la creencia cristiana en la revelación y la visión de lo femenino y de la posición de la mujer en sociedad.

hambach 

Inspirada por la voluntad de la Joven Alemania, compartida por Gutzkow, de la necesidad de borrar los límites entre literatura y vida, entre estética y ética, Wally está escrita con el convencimiento del transformador. A través de la literatura se puede transformar el mundo. La literatura, con misión ilustradora, tiene una irrenunciable función pública.

De esta manera, en Wally Gutzkow aborda directamente temas de profundo calado social, político y moral (hasta el punto en que este último aspecto podía desligarse de los dos anteriores en su tiempo… y en otros): matrimonio, religión, suicidio, sexualidad… Y con su tratamiento pretende despertar las conciencias y llamar a la transformación profunda, a la verdadera revolución.

Pero también hace reflexiones explícitas sobre este tema. La revolución, como señala en distintos puntos de la novela, necesita de una transformación verdaderamente profunda y sustancial en el plano de las mentalidades. Para que exista una revolución cierta, un auténtico cambio en el orden del mundo y de la vida, se requieren ideas nuevas. La revolución no se puede construir sobre los cimientos del viejo mundo, y esos cimientos son las ideas. La propia Wally nos dice:

Por eso intento aferrarme como puedo a las ideas que me ofrece el mundo, pero son como gomas elásticas y aunque ceden y se estiran, siempre acaban regresando adonde estaban. Con ellas no llego a ningún lado. Así creo también que se dan las revoluciones: cuando la gente tiene demasiadas dificultades, las desafían, les hacen frente y les gustaría acabar con la tiranía de ideas agostadas con algo nuevo que buscan pero que no pueden encontrar.

Al final de la novela, Gutzkow añade, sin modificaciones, el artículo «Verdad y realidad» que había publicado en el Phönix el 25 de julio de 1835. Verdad y realidad, se dice en él, siempre han sido irreconciliables, y mientras «Las mentes (…) simples optaron por la realidad; las mentes libres, por la verdad invisible (…) porque tienen la sensación de que lo que no sucede sigue siendo verdadero, aunque no pueda llegar a suceder». La verdad, esa verdad invisible, está más allá de la realidad y es, aunque nunca llegue a estar sino dentro de la mente del genio a quien se le revela.

La conciencia de la mente libre deja que la verdad poética cree «de forma revolucionaria». No deduce sus creaciones de lo ya existente, como hacen las instituciones sociales, políticas y morales, sino que crea de nuevo, nuevas plantas, nuevas formas. Gutzkow termina con un llamamiento a la humanidad, un llamamiento a no temer por la pérdida de los sustentos, un llamamiento a la revolución verdadera:

Creemos en las instituciones de la costumbre, de la opinión, de la estructura política, como si fueran condiciones indispensables e imprescindibles para la vida a través de los tiempos. Como si la humanidad no tuviera en su interior fuentes con las que sustentarse. Como si fuera a sucumbir por sacarla de pronto, desnuda y chorreante, de entre las aguas del diluvio de su existencia para ponerla en la cima del monte Ararat. Como si la humanidad no fuera a ser siempre la primera en salvarse a sí misma y la que mejor consejo sabe darse.

Todas las instituciones sociales deben pasar por este tamiz. También la religión, institución social que Caesar condena como producto de la desesperación humana, lo que la hace inútil para ofrecer verdadero consuelo.

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Wally, pues, es mucho más que una novela apasionada, un atractivo relato que nos une a la conciencia de un personaje que va de las dulces melodías de los bosques dorados hasta las sombras sangrientas de la desesperación. Es un libro que nos lleva a reflexionar sobre nuestra concepción del mundo, sobre el papel que juegan las ideas exteriores en la conformación de nuestra propia personalidad. Es una reflexión sobre si es necesaria la transformación del mundo, y cómo serían sus formas. Una propuesta de mirada al yo, a su encuentro con el otro y a sus límites con el mundo. ¿Quién conforma a quién? ¿Quién es quién? ¿Quién necesita más a quién?

A Wally se la llega a amar y nos lleva de la mano a través del amor necesario para el encuentro con el yo a través del tú tuyo, al tiempo que nos muestra el dolor del alma desnuda por la pérdida y por el terror del vacío. De la muerte necesaria y desprovista de sentidos. La nueva Gilgamesh con vestidos de amazona que suspira y enloquece al oír tañer las campanas.

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A pesar de que, por numerosas claves, la novela constituye una pieza angular en la historia de la literatura y de las ideas de la contemporaneidad, Wally no había completado hasta ahora el camino de recepción que había de llevarla hasta el público lector y estudioso en español.