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Alison Belsham

El ladrón de tatuajes

Traducción del inglés (EE. UU.)

Un cuerpo aparece desollado en un contenedor de Brighton. El inspector Sullivan necesita a toda costa resolver el crimen, obra de uno de los más salvajes y retorcidos asesinos en serie de la historia.

Una novela con voluntad de estilo, prosa ágil y una de las historias más vertiginosas, adictivas y negras del género.

fragmento

El hombre está inconsciente, le levanto por la espalda la camiseta, que está empapada de sangre, y dejo a la vista un tatuaje sublime. La fotocopia que llevo en el bolsillo está muy arrugada ya, pero aún puedo compararla con la imagen de la piel. Por suerte, la farola da bastante luz para ver los dos dibujos a la vez. Un tatuaje polinesio de formas redondeadas y en negro sólido le adorna el hombro izquierdo, con una elaborada cara tribal que me mira desde el centro con el ceño fruncido. De los bordes salen proyectadas un par de alas estilizadas. Una de ellas le baja por el omoplato y la otra le atraviesa hasta el lado izquierdo del pecho. Todo está manchado de sangre.
Las imágenes coinciden. Es él.
Todavía tiene pulso en el cuello, pero es tan débil que no me dará problemas. Es fundamental hacer el trabajo cuando el cuerpo aún está caliente. Si se enfría, la piel se tensa y la carne se endurece. Eso lo hace todo más difícil y no puedo permitirme ningún error. Por supuesto, al desollar un cuerpo vivo, acaba habiendo mucha más sangre. Pero la sangre no me importa.
Tengo la mochila cerca, la tiré por ahí cuando lo metí entre los arbustos. La verdad es que fue bastante fácil, el parque está vacío a estas horas. Solo me hizo falta darle un golpe por detrás en la cabeza para que cayera de rodillas. Sin ruido. Sin escándalo. Sin testigos. Ya lo había visto venir  por aquí al salir del pub y sabía dónde encontrarlo. Qué tonta es la gente. No sospechó nada, ni siquiera cuando fui hacia él con una llave inglesa en la mano. Segundos más tarde, tenía una herida en la sien, y la sangre, derramada por el suelo. No podía haber ejecutado el primer paso de forma más impoluta.

Una vez que lo tuve en el suelo, le pasé las manos por debajo de las axilas y lo arrastré tan rápido como pude sobre el empedrado. Quería esconderme entre los matorrales, para que no nos vieran. Pesaba mucho, pero estoy fuerte y conseguí meterlo por un hueco entre dos laureles.