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Tawni O’Dell

Ángeles en llamas

Traducción del inglés (EE. UU.)

Diálogos ágiles que ceden paso a la reflexión, una prosa de ritmo ágil y constante, personajes vivos que traspasan las páginas y una ambientación que evoca presentes en llamas y pasados de los que desgarran.

 

 

Fragmento

 La última vez que lo tuve así de cerca, Rudy Mayfield estaba echado sobre el asiento de la camioneta de su padre, intentando manosearme unos pechos que acababan de madurar.
Cierro los ojos y, por un instante, lo que huelo es el deseo calenturiento y sudoroso de un adolescente, apenas disimulado por el jabón Dial, en lugar del hedor ahumado y dulzón a carne quemada, entremezclado con el acre del azufre que siempre está presente en este emponzoñado pueblo fantasma.
—¿Quién haría algo así? —pregunta Rudy por décima vez en lo que va de minuto.
Se ha convertido en su mantra, un cántico aletargador con el que poder hacer frente a algo tan  inconcebible como lo que ha encontrado esta mañana en su caminata diaria por esta carretera abandonada.
Su perro Buck, un cruce de pastor, blanco y peludo, levanta la cabeza mientras sigue echado a sus pies y lo mira comprensivo.
—¿Estás totalmente seguro de que no has visto a nadie? —vuelvo a preguntar.
Los dos echamos un vistazo alrededor, vemos los caminos de acceso serpenteantes que llevan a los cimientos asolados de una docena de casas derribadas y los árboles, retorcidos y deshojados, que escarban una tierra que se cuece a fuego lento, para salir de ella, como si fueran las gigantescas manos de unos muertos vivientes. El óxido naranja y brillante que cubre el guardabarros de una bicicleta de niño volcada es la única nota de color en todo el desolado paisaje.

—De los que se quedaron en Campbell’s Run, mi abuelo es el único que sigue vivo. Si no vengo a verlo, por aquí no se acerca nadie. Ya lo sabes.
—Bueno, está claro que alguien vino —le hago notar—. Esa chica no llegó aquí sola y se prendió fuego.
La cara de Rudy se vuelve del mismo color gris que el descolorido asfalto que está pisando. Traga saliva y clava la mirada en su impactante barriga cervecera que tira de una vieja camiseta salpicada de manchas de diversos colores, como un enorme globo blanco con países pintados.
—Pasamos buenos ratos en el instituto —le digo en un tono tan desenfadado como puedo conseguir, dadas las circunstancias.
La distracción funciona y me sonríe con la boca un poco torcida, igual que hacía en educación sanitaria, cuando el profesor decía algo obvio o inútil, lo que, por otro lado, venía a ser lo habitual. Sigue teniendo esos preciosos ojos verdes a medio esconder entre la sombra que proyecta la visera de su gorra; los años no los han apagado.
—Sí —dice—. Nunca entendí por qué no salimos juntos. Me gustabas.
—Quizá deberías habérmelo dicho.
—Pensé que al hacerlo contigo en la camioneta de mi padre ya te decía bastante.
—Con eso solo me dijiste que te gustaba hacerlo en la camioneta de tu padre.

Aún recuerdo cómo se sorprendió cuando no lo paré. Seguramente pensaba que era mi primera vez, y debería haberlo sido. Acababa de cumplir los quince y era demasiado joven para andar liándome con gente, pero la intensa vida sexual de mi madre me había despertado la curiosidad desde muy temprano. Con mi hermana Neely había tenido el efecto contrario: ella tenía la sensación de saber todo lo que hacía falta saber sobre sexo, de tantas veces que no pudimos evitar oírlo y de las pocas veces que habíamos mirado a hurtadillas. Nunca pareció que tuviera el deseo de explorarlo por sí misma; yo, sin embargo, pensaba por error que mi madre lo hacía porque le gustaba, así que quería saber por qué revolcarse con hombres desnudos y jadeantes era tan fantástico que lo prefería a jugar con sus hijas o a darles de comer.
Oigo cómo se acerca un coche. Buck levanta la cabeza.